Jaime Saavedra es un convencido de que la educación sigue siendo el nivelador social más poderoso que existe. Pero, y esto es crucial, solo cuando es de verdadera calidad.
¿Los datos macroeconómicos cuán importantes son al momento de proyectar el desarrollo de un país?
El crecimiento económico es esencial para aumentar el bienestar, pero es insuficiente. El crecimiento debe de generar empleo y bienestar. El desarrollo real se mide en lo que le pasa a la gente. Para salir de la pobreza se requiere un empleo digno. Esto requiere un marco adecuado para generar inversión productiva y por otro lado capital humana para la gente pueda insertarse productivamente en mejores empleos.
Por eso en el Banco Mundial hablamos tanto de capital humano: si un país crece económicamente pero no invierte en la educación, la salud y la protección social de su población, ese crecimiento es frágil y, sobre todo, profundamente desigual. Los datos macroeconómicos nos dicen cuánto crece el pastel. Lo que realmente importa es si ese crecimiento llegue oportunidades desempleo y con mayor productividad a todos.
¿En la actualidad como define al mercado laboral de América Latina?
El mercado laboral de América Latina se caracteriza hoy por una brecha de productividad muy significativa respecto a economías de Europa o Asia, y esa brecha no es accidental –responde a déficits estructurales que se refuerzan mutuamente. El primero es la ausencia de condiciones propicias para la inversión privada de calidad. El segundo, igualmente indispensable, es la falta de inversión sostenida en capital humano.
Ambos son caras de la misma moneda: sin trabajadores más calificados no hay inversión productiva que prospere, y sin inversión no hay demanda de trabajo formal que justifique la formación. Esta trampa dual es lo que distingue a la región de economías que lograron dar el salto. Y lo preocupante no es solo la dimensión del problema, sino quiénes lo sufren, por ejemplo, los jóvenes. Uno de cada tres jóvenes no culmina la educación secundaria. Esos jóvenes entran al mercado laboral sin las herramientas para competir.
Y si a eso le sumamos la disrupción tecnológica que ya está reconfigurando qué habilidades se necesitan, el desafío es enorme. No estamos ante un mercado laboral con pequeños ajustes pendientes. Estamos ante una transformación profunda que exige respuestas de política igualmente profundas y una adaptación rápida por parte de las instituciones educativas. El otro reto importante es una legislación laboral que proteja a todos, hoy día solo protege a 20% de la gente.
¿En esa definición que rol cumple la educación como formadora de conocimiento y habilidades del saber hacer?
La educación es la inversión más importante que puede hacer un país — y en América Latina estamos desperdiciándola. El Banco Mundial mide esto con el concepto de pobreza de aprendizaje: antes de la pandemia, más de la mitad de los niños de 10 años en la región no podían leer y comprender un texto simple. La pandemia lo agravó, y muchos sistemas educativos aún no se han recuperado. El resultado es una generación entera entrando al mercado laboral sin las herramientas mínimas para competir — y eso no es solo un problema educativo, es una pérdida masiva de capital humano que ningún país puede darse el lujo de ignorar.
Además de los fundamentos. El mundo del trabajo hoy exige habilidades técnicas, socioemocionales, capacidad de adaptación. Y todas esas habilidades tienen un punto de partida común: la lectura. Un niño que no lee con comprensión no puede aprender matemáticas, no puede procesar información, no puede desarrollar pensamiento crítico. La lectura no es una habilidad más — es la base sobre la que se construyen todas las demás. La pregunta entonces es simple: ¿estamos formando personas para el mundo que existe o para el que existía hace 30 años? Necesitamos conectar la escuela con el sector productivo. Pero primero hay que resolver lo básico. Sin ese piso, todo lo demás se construye sobre arena.
¿Cómo se debe entender la irrupción de la IA, en las esferas de la economía y el conocimiento?
Con optimismo cauteloso. La IA es una revolución real, no una moda. Está redefiniendo qué habilidades necesitan las empresas, cómo se aprende, cómo se produce conocimiento. Pero al mismo tiempo, vivimos en un mundo profundamente desigual. Hoy mismo, hay un pequeño grupo de personas y empresas que usan la IA para multiplicar su productividad y creatividad. Hay otro grupo que la usa de manera pasiva, delegando tareas y perdiendo oportunidades de aprendizaje. Y hay un grupo mayoritario —especialmente en el Sur Global— que está excluido de todo esto ya sea por falta de acceso o desconocimiento de uso de estas herramientas.
Si no actuamos deliberadamente, la IA se convierte en un gran desigualador. La IA amplifica lo que ya tienes: si tienes buenas habilidades de lectura, pensamiento crítico y fundamentos sólidos, la IA te potencia. Si no los tienes, la brecha se agranda. Por eso insisto: la respuesta a la IA no puede ser ignorarla ni tampoco romantizarla. La respuesta es invertir con urgencia en educación de calidad, en docentes bien formados, y en infraestructura digital que llegue a todos, no solo a los que ya tienen ventajas.
¿Considera que las universidades van al ritmo, en cuanto a la formación de profesionales, de lo que demandan las empresas o el sector público?
En términos generales, no. Pero el problema es más complejo que solo el ritmo de las universidades. Lo que vivió América Latina en las últimas décadas fue una expansión masiva del acceso a la educación superior. En las últimas dos décadas, América Latina más que duplicó su matrícula de educación superior — de 11.5 millones de estudiantes en 2000 a casi 29 millones en 2019. Y más de la mitad de esa matrícula hoy está en instituciones privadas, convirtiendo a la región en una de las más privatizadas del mundo en educación superior. Eso es una buena noticia en términos de acceso. El problema es que mucho de ese crecimiento ocurrió sin garantías de calidad, produciendo graduados con títulos que el mercado laboral no valora.
Pero hay algo más profundo: estamos organizando todo el sistema como si el único destino posible fuera un título universitario de cuatro o cinco años. Y eso es un error. No todas las habilidades que demanda la economía requieren un título universitario. Necesitamos ecosistemas de educación superior flexibles — con trayectorias cortas, micro credenciales, formación técnica de calidad, y movilidad real entre un nivel y otro. Hoy eso no existe de manera fluida en casi ningún país de la región.
El resultado es paradójico: tenemos jóvenes sobrecalificados en papel para algunos puestos, pero sin las competencias prácticas que los empleadores realmente necesitan. Más títulos, menos habilidades. Eso no es un sistema educativo que no sirve al desarrollo del país.
Se habla de calidad de vida, de bienestar social. ¿Qué variables deben tomarse en cuenta para lograr esos objetivos?
El bienestar no es un concepto abstracto — se mide en lo que le pasa a la gente concretamente. Una familia que se empobrece cada vez que alguien se enferma no tiene bienestar. Un joven que terminó doce años de escuela y no sabe leer con comprensión no tiene bienestar. Una mujer que no puede trabajar porque no tiene dónde dejar a sus hijos no tiene bienestar.
Las variables son conocidas: educación de calidad desde la primera infancia, salud universal con base en atención primaria, protección social que funcione como red de seguridad real ante shocks, y empleo de calidad. No son opcionales ni separables — se retroalimentan. Un niño que no aprendió a leer tiene más probabilidad de ser un adulto pobre, con peor salud, atrapado en la informalidad.
Y aquí está el punto central: el bienestar se construye desde el inicio de la vida. Cuando los daños ya están hechos, el costo de remediarlos es enormemente mayor — y nunca se recupera todo. Por eso la inversión temprana no es gasto social. Es la política económica más inteligente que puede hacer un país.
¿Cuáles son las proyecciones del BM en cuánto al desempeño económico y social de Bolivia?
La economía de Bolivia atraviesa un período de ajuste necesario, marcado por la consolidación fiscal y un contexto de precios del petróleo más elevados. El 2026 es un año de transición en el que estas medidas, aunque con impacto en el crecimiento de corto plazo, sientan las bases para una recuperación sostenida. La proyección de crecimiento para Bolivia es de -3.2%, mientras que en el 2027 la proyección es de 4%. Bolivia tiene condiciones para retomar una senda de crecimiento a partir de 2027 con fundamentos más sólidos y una economía más equilibrada.
Al mismo tiempo, Bolivia tiene activos reales: una clase media que creció durante los años de bonanza, avances en reducción de pobreza que no deben darse por sentados, y un potencial enorme en recursos naturales y en su población joven. El Banco Mundial está comprometido con Bolivia como socio de largo plazo. Pero el análisis honesto nos dice que la estabilidad macroeconómica es una condición necesaria para que las inversiones en capital humano —en educación, en salud, en protección social— puedan dar frutos. Los avances sociales son reversibles si no hay un piso fiscal sólido que los sostenga. Lo que Bolivia necesita es construir consensos en torno a una agenda de desarrollo que sea tanto fiscalmente responsable como socialmente ambiciosa. Esas dos cosas no se contradicen: se necesitan mutuamente.
¿Qué importancia tienen los créditos multilaterales en la agenda social y económica de un país?
Los créditos multilaterales del Grupo Banco Mundial más allá de ser una fuente de financiamiento son un instrumento que permite a los países sostener inversión social y económica implementando reformas que los gobiernos de los países definen como prioritarios.
Pero hay que destacar el valor no financiero del apoyo del Grupo. Un préstamo del Banco Mundial, por ejemplo, trae también conocimiento acumulado de lo que ha funcionado y lo que no en docenas de países. Trae capacidad técnica para diseñar programas con rigor, con evaluación incorporada, con mecanismos de rendición de cuentas. Y trae legitimidad para llevar adelante reformas que de otro modo serían políticamente más difíciles de defender. El financiamiento multilateral bien utilizado es un catalizador. El desafío es que los países no lo traten como un fin en sí mismo, sino como una palanca para construir capacidades propias que sean sostenibles cuando ese financiamiento termine.
¿Considera que la educación seguirá siendo el nivelador social como lo estuvo siendo o considera que se debe trabajar en otros factores?
La educación sigue siendo el nivelador social más poderoso que existe. Pero, y esto es crucial, solo cuando es de verdadera calidad. Una educación que no enseña a leer, que no desarrolla habilidades de pensamiento crítico, que deja a los niños más pobres rezagados frente a los que asisten a escuelas privadas de élite, no es un nivelador: es un reproductor de desigualdades disfrazado de oportunidad. En América Latina tenemos una crisis de aprendizaje que precede a la pandemia. La pandemia la agravó enormemente. Y hoy, con la irrupción de la IA, el riesgo de que la brecha se profundice es real.
Entonces sí, la educación es y debe ser el gran nivelador. Pero para que lo sea, necesitamos la voluntad política de tomarnos en serio la calidad. Que todo niño aprenda a leer y a comprender lo que lee antes de terminar el tercer grado, independientemente de donde nació y quienes son sus padres. Que los docentes sean valorados, bien formados y apoyados. Que la inversión llegue a las escuelas que más lo necesitan. Y al mismo tiempo, necesitamos complementar eso con salud, con protección social, con políticas de empleo. La educación es la base. Pero la base sola no construye un edificio. Necesitamos todo el sistema funcionando.
El Deber