Por primera vez en la historia democrática del país, dos candidatos a la Vicepresidencia se medirán en un debate público, de cara al inédito balotaje presidencial. El domingo 5 de octubre en Santa Cruz, Juan Pablo Velasco, de la alianza Libre, y Edman Lara, del Partido Demócrata Cristiano (PDC), protagonizarán un encuentro que busca revalidar el cargo de vicepresidente en el centro del debate nacional.

Sin embargo, la sombra de los escándalos personales y la llamada “guerra sucia” que domina la campaña rumbo al balotaje del 19 de octubre amenaza una discusión de fondo que debería girar en torno a cinco ejes temáticos de fondo: las leyes prioritarias, la salida a la crisis desde la ALP, la transparencia institucional, las reformas para proteger a sectores vulnerables y la gobernabilidad legislativa.
En el caso de Velasco, su figura ha quedado marcada por publicaciones pasadas en redes sociales. El más comentado, un tuit de carácter racista que negó reiteradamente, aunque plataformas independientes como Bolivia Verifica y Chequea Bolivia afirman su veracidad. A esto se suman declaraciones como la polémica alusión al “Estado sexy”, que circularon en medios y redes.
En el caso de Lara, las críticas apuntan a sus cada vez más frecuentes choques con medios de comunicación, periodistas y rivales políticos, donde su tono confrontacional lo ha mostrado como un actor más dado al choque personal que a la presentación de propuestas. Estos episodios han convertido la previa del debate en un campo de batalla donde lo personal amenaza con desplazar lo programático.
La experiencia internacional demuestra que los escándalos pueden redefinir el curso de una elección. Casos recientes, como la contienda presidencial en Estados Unidos en 2016, donde los correos de Hillary Clinton y las acusaciones contra Donald Trump dominaron más que las propuestas, muestran que la guerra sucia puede desviar la atención ciudadana y condicionar el voto. Bolivia parece estar atravesando un escenario similar, donde la confrontación en redes sociales y en grupos de WhatsApp se ha convertido en un amplificador de ataques.
Opinión de los expertos
El analista Franco Gamboa señala que la campaña negativa se ha intensificado y golpea directamente a Velasco y Lara: “Definitivamente, la guerra sucia no solo no se ha detenido, se ha acrecentado, y está influyendo negativamente en la opinión pública. Lara genera temor al mostrarse como un vicepresidente que por bravuconería pueda bloquear funciones del presidente. Velasco, en lugar de reconocer un error, eligió desprestigiar a instituciones verificadoras, agravando su situación. El racismo no puede ser relativizado y menos por alguien que aspira a ser un articulador político”.
Por su parte, el politólogo Marcelo Arequipa advierte que el debate no se limitará a los ejes planteados: “No creo que exista discusión de guante blanco. Van a aprovechar la plataforma mediática para introducir mayor desgaste entre ellos. Velasco necesita lavar su imagen y para ello intentará enlodar a Lara, mientras que Lara buscará mostrarse menos demagógico y más propositivo. Lo que vemos en el trasfondo es una pugna entre improvisación e intentos de control de daños”.
El también analista Orlando Peralta destaca que la “guerra sucia” será un tema inevitable en la discusión y que la ciudadanía espera algo más que acusaciones: “Seguramente ambos van a tocar el tema de los ataques y descalificaciones. El problema es que la gente no es ingenua: sabe que sus partidos han recurrido a la guerra sucia. El debate debería servir para definir el rol del vicepresidente: legitimidad, capacidad de generar estabilidad y eficacia en políticas. Pero veremos si los candidatos entienden ese desafío”.
El riesgo es que un debate diseñado para discutir el futuro de la ALP termine reducido a un intercambio de acusaciones. Los cinco ejes planteados buscan respuestas sobre leyes clave, transparencia y gobernabilidad, pero el foco mediático se centra en las polémicas. Y, como advierten los analistas, es probable que este encuentro termine definido no por lo que se diga sobre el futuro del país, sino por cómo los candidatos gestionen o exacerben los escándalos que los rodean.
El Deber
