“¡Cierren!, ¡cierren sus puestos, ya está bajando la marcha!”, vociferaba una mujer mientras golpeaba un poste con una piedra en señal de alerta en la zona Garita de Lima de La Paz. Inmediatamente, como entrenados para esa contingencia, los vendedores, en su mayoría mujeres, recogían todos sus enseres de sus puestos de venta callejeros, y los vendedores ambulantes empujaban sus carritos para alejarse del lugar.

A los pocos minutos aparecía la marcha haciendo detonar explosivos como un anuncio de su imponente presencia. La línea de avanzada era una fila de varones con explosivos en mano y palos. Todos iban con los rostros cubiertos con pasamontañas, apenas se les veía los ojos que escudriñaban todo a su paso.
“¡Fuerza, fuerza, fuerza!, ¡Fuerza compañero!, que la lucha es dura, pero venceremos”, fue una de las consignas repetidas por los marchistas hasta desgañitarse. Se trata de los sectores de la COB, campesinos y grupos de vecinos de El Alto que su única consigna es exigir la renuncia del presidente Rodrigo Paz. Dicen que no cesarán en sus protestas hasta cumplir su objetivo.
La larga y serpenteante columna de marchistas no admite críticas y ante la menor “provocación”, como ellos dicen, se lanzan contra la persona que ose criticarlos o reclamarles para agredirla o quitarle sus cosas.
La mayoría de los ciudadanos que tuvieron “la suerte” de toparse con los marchistas opta por huir del lugar. Los que se quedan son los vendedores que pacientemente esperan hasta el último marchista de la fila para volver a instalar sus puestos de venta, abrir sus kioscos y ofrecer sus productos.
Los rostros de los hombres y mujeres ya ni siquiera son de molestia, sino de una triste resignación, como aceptando que esas movilizaciones que traen a sus vidas miedo y desazón son parte de una nueva rutina.
Los comercios se vuelven a instalar en sus puestos, las tiendas abren otra vez sus puertas, se vuelve a escuchar a los ambulantes ofreciendo desde plantillas para los zapatos, galletas en forma de animalitos, te de flor de Jamaica, hasta las deliciosas naranja -lima, un injerto muy popular en La Paz, pero con un precio que la pone como un manjar que pocos pueden pagar. “Llevate pues casera, el 25 a 40 (bolivianos) te voy a dar”, ofrece el vendedor.
Y es que todos los productos de primera necesidad están con los precios por las nubes. “De dónde se ha comprado huevitos”, le pregunta una vendedora de enseres domésticos a una señora que pasaba por la avenida Buenos Aires con su maple de huevos. Y la dama le responde: “En el puente de la Vita hay un camión que está vendiendo, pero a 70 (bolivianos) el maple de huevos”, le informa antes de seguir su camino.
Si bien en zonas populares como la Garita de Lima, Rodríguez, o El Tejar, hay venta de verduras, tubérculos o algunas frutas, el precio de los mismos se ha cuadruplicado, o triplicado en el mejor de los casos.
Hasta la estatal Emapa que vende pollo en sus sucursales, ofrece el kilo del producto a Bs 35 y por lo general, un pollo de granja pesa más de dos kilos. La ama de casa se va con un pollo y unos Bs 100 menos en su presupuesto, y ni qué decir de la carne de res, producto que si aparece en alguna carnicería es ofertado a precios exorbitantes que superan los Bs 120 el kilo de un corte de pulpa.
Pero aun así, en estos lugares que viven del comercio diario, la ciudadanía va y viene, trata de llevar su vida de la mejor manera posible, buscando algún producto, regateando con “las caseras” y contándose entre ellas qué hacen para enfrentar este aislamiento obligado.
A unos tres kilómetros de allá, en el centro de la ciudad de La Paz, el escenario es otro, solo se oyen la explosión de petardos, dinamitas que hacen temblar el asfalto y otros explosivos caseros. También disparos de gases lacrimógenos que se expanden como un espeso humo pero que cuando la persona los inhala, siente un terrible ardor en la garganta, en las fosas nasales, apenas puede respirar y en los ojos se irritan.
Pero, en ese escenario dantesco que sufre La Paz desde principios de mayo, no participan todos los hombres y mujeres que bajan marchando desde El Alto y gritando consignas contra el Gobierno, ya que mientras los canales de televisión y redes muestran la gasificación y la detonación de explosivos que lanzan los marchistas como si fueran cohetillos, la mayoría de ellos, ya dobló y guardó su bandera wiphala, y con sus palos desnudos, o con sus palos como arma de ataque y defensa, se dirigen a las estaciones de Mi Teleférico, Rojo, Naranja y Morado, para retornar a sus casas, muchos sonrientes hablando entre ellos de sus asuntos personales o informando a sus familias que los esperan en sus casas que ya están retornando, como quien termina su jornada laboral y vuelve con su familia a descansar.
Pero a otros marchistas, no les urge retornar a sus casas, en especial a los campesinos Ponchos Rojos y a las Bartolinas que se ponen a descansar en las bancas de las plazas, las aceras o en los jardines que hay cerca de la Terminal Interdepartamental de La Paz donde tienden sus aguayos en el pasto para poner sus generosos fiambres de papas cocidas, postres, ocas, chuños, quesos, huevos con cebolla y ají amarillo y carnes, y toda esa comida acompañada siempre de una Coca Cola.
El Deber