La Colonia Piraí es un instituto técnico agropecuario para jóvenes campesinos bolivianos, pero se creó, en 1973, para ser un centro de acogida para niños en situación de calle o con problemas familiares. La finca de más de 100 hectáreas, ubicada en las afueras de la mancha urbana de Santa Cruz de la Sierra, fue fundada por el cura diocesano español Miguel Parrilla y los hermanos jesuitas Rafael y Álvaro Puente.

Los niños rescatados dividían su tiempo entre ir a la escuela y hacer funcionar la granja establecida en el albergue: criar a las gallinas, recoger leche de las vacas o sembrar verduras en la huerta. Los primeros llegados no sumaban más de una docena, pero con los años llegaron a ser más de 100. Cinco de ellos denuncian que durante las décadas de 1970 y 1980, cuando tenían entre 7 y 13 años, Parrilla se metía por las noches en sus camas para abusarlos.
EL PAÍS ha conversado con cuatro de los denunciantes —todos miembros de la Comunidad Boliviana de Sobrevivientes, surgida a raíz del escándalo de pederastia clerical revelada por este periódico— y ha accedido de forma exclusiva a cartas dirigidas al Arzobispado de Santa Cruz de la Sierra y la Conferencia Episcopal Boliviana en las que cuentan por escrito las acusaciones. Todas con sello y firma de recepción.
“Hace un mes aproximadamente nos hicimos presentes en el Arzobispado y nos atendió un obispo auxiliar, quien nos indicó que esto se debía resolver entre el afectado con cada cura, particularmente”, se lee en una de las misivas enviada el 4 de marzo de 2020 al entonces secretario de la Conferencia Episcopal, José Fuentes Cano. Este medio ha intentado sin éxito obtener una respuesta del Arzobispado.
Alejandro Álvarez (nombre ficticio, como el del resto de las víctimas entrevistadas) es uno de los que fue desoído. A los 13 años, miembro de una familia numerosa y de escasos recursos, ya buscaba apoyar a su hogar lustrando zapatos o vendiendo periódicos en el popular mercado Los Pozos. Parrilla, fallecido en 2014 a los 81 años, compraba ahí alimentos para la colonia y fue donde conoció a Álvarez, en 1973. Al llegar al albergue, Álvarez se encontró con un ambiente duro porque tenía que convivir con menores con adicciones, pero también porque Colonia Piraí tenía un rígido horario basado en un detallado estatuto.
Los nuevos hacían un juramento de lealtad en el comedor frente a todos y se les daba a conocer las normas de convivencia, según el manual que pudo conocer este medio. Después, eran remitidos a una de las tres casas, cada una regentada por uno de los fundadores, en las que se dividía el albergue: Yuracaré, Solentiname y 8 de Octubre. Esta última, nombrada así por el día que fue capturado Ernesto Che Guevara en Bolivia, estaba al mando de Parrilla. Álvarez fue enviado a la casa de 8 de Octubre, donde las víctimas señalan como el principal lugar de los abusos.
“A la segunda noche que dormí en ese dormitorio, Parrilla se metió a mi cama y empezó a besarme y tocarme. Esa conducta la repetía varias veces a la semana conmigo, pero también agredía a otros niños del mismo dormitorio”, cuenta Álvarez, de 66 años, a este medio. El cura español, sostiene, no fue su único agresor durante su estadía. La colonia se sustentaba con fondos de cooperaciones internacionales, por lo que era común la visita de educadores internacionales y nacionales. Uno de ellos fue el entonces seminarista cochabambino Fernando Rojas, quien llegó a ser secretario adjunto de la Conferencia Episcopal Boliviana en 2000.
“Se quedó [Rojas] en la casa 8 de Octubre. Me abusó. Calculo que tendría unos 30 años”, dice Álvarez. EL PAÍS llamó al número personal de Rojas, contestó un hombre sin identificarse para decir que el sacerdote no iba a poder responder: “El padre Rojas está muy enfermo”.
Compañero de Álvarez en la Colonia Piraí fue Raúl Ortiz, huérfano, y quien también se buscaba la vida en Los Pozos. Cuando tenía siete años, en 1973, conoció a Parrilla ayudándole a cargar las compras del mercado en el automóvil. “Antes de cumplir dos meses en la colonia, me desperté un día en la noche y este cura, Miguel Parrilla, que era el encargado del cuarto donde yo dormía, estaba en mi cama. A veces usaba mi cuerpo como si yo fuera mujer, y a veces como si yo fuera hombre. Esto se repetía muchas veces al mes y escuchaba cuando se acercaba a otros niños”, recuerda Ortiz a este periódico.
Todos los denunciantes coinciden en que Parrilla era “el que mandaba” en el albergue. El sacerdote llegó a Bolivia alrededor de 1960 a través de la Obra para la Cooperación Sacerdotal Hispanoamericana (OCHSA), institución de la Iglesia católica en España que envía sacerdotes diocesanos a colaborar en diócesis de América Latina y Estados Unidos. En las redes de Colonia Piraí es recordado como un hombre que “iluminó la vida de miles de niños y jóvenes”; fue además fundador del prestigioso Centro de Estudios Jurídicos y Sociales (CEJIS).
Ortiz cuenta que Parrilla, a modo de “compensación”, le regalaba dinero para ir al cine los fines de semana y que le dejaba conducir la camioneta del hogar. La actitud de resarcimiento con regalos se repite en los testimonios, como en el de Antonio Montes.
Montes es de una generación posterior a Álvarez y Ortiz. Fue dejado por su abuela, con 12 años, en la Colonia Piraí en los primeros años de la década de 1980, después de la muerte de su madre a manos de su padre. Le tocó la casa 8 de Octubre y asegura que, después de ser agredido sexualmente por Parrilla, el sacerdote español le compraba gafas de sol. “Un día me dijo: tienes una infección en el pene, ven, te vamos a revisar. Me llevó a su cuarto, empezó a acercarse a mirarme y a hacerme una felación”, dice a EL PAÍS. Si Parrilla intentaba comprar el silencio de Montes con lentes, a Leonor Rocha, otro de los denunciantes, lo hacía directamente con dinero.
“Un día [después de uno de los ataques] Parrilla me dio 200 dólares. Nunca en mi vida había tocado dólares”, recuerda Rocha. Si bien fue integrante de Colonia Piraí durante la década de 1980, dice que no fue abusado por el cura español en el albergue, sino años después de salir de ella, en la casa privada del sacerdote. Parrilla usó su domicilio de dos pisos para ofrecer techo y trabajo a antiguos miembros del albergue que, por haber cumplido los 17 años, tenían que dejar el centro. “Me dijo que ahí podía vivir, que podía quedarme mientras estudiaba los tres años que duraba agropecuaria o ir a la universidad. Me la pintó bonito, me hice muchas ilusiones”, dice Rocha. Al igual que él, terminaron en ese domicilio Álvarez, Montes y Ortiz, donde aseguran que continuaron los abusos.
Rocha entró con 11 años a Piraí. Miembro de una familia numerosa y con una madre enferma de tuberculosis, buscaba cualquier tipo de trabajo en la calle: repartidor de periódico, cargador o vendedor ambulante de comida. Uno de sus clientes se conmovió con él y le recomendó asistir al albergue. Una vez ahí, fue dirigido a la casa Solentiname, que en ese momento era regida por un educador holandés laico, Jean Van Putten. “Una tarde me llama a su cuarto privado, cierra la puerta con llave, me dice que hace calor y se desviste. Se empezó a masturbar delante de mí, quedé traumado porque era mi primer contacto con el sexo”.
Rocha no quiso volver al centro de acogida después de la experiencia, pero mantuvo contacto con los integrantes con los que hizo amistad. En una visita al albergue fue cuando Parrilla le ofreció su domicilio particular, donde también vivían otros colegas de la colonia. Parrilla se mantuvo al frente del albergue hasta su muerte, a diferencia de los otros dos fundadores, Álvaro y Rafael Puente (fallecido el año pasado), quienes dejaron el albergue con los años. Las acusaciones, sin embargo, no los eximen de la culpa y los tildan de encubridores.
Álvaro Puente, consultado por este periódico, niega haber conocido casos de abuso durante el tiempo que pasó en el orfanato: “Culpan a Miguel Parrilla, no creo que tuviera el tiempo y humor para eso, era el administrador. Nunca le vi posibilidades, no colocó las manos al fuego por nadie, pero me parece que no hay fundamento”. Reconoce y repudia los casos de pederastia de sus colegas jesuitas destacados por EL PAÍS, pero no cree que la colonia haya sido escenario de abusos. “Han metido en la misma bolsa a todos los que han podido para vengarse de la Compañía de Jesús”.
A raíz de las declaraciones del papa Francisco en 2019, cuando insistió en que la Iglesia debía aplicar tolerancia cero frente a los abusos sexuales de menores, Álvarez, Ortiz, Montes, Rocha y una quinta víctima se animaron a denunciar sus casos a la arquidiócesis de Santa Cruz de la Sierra.
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