“Creen que están salvando una vida, pero están apagándola”. Khandy Gandarillas habla con una mezcla de rabia y dolor cuando denuncia el tráfico de animales silvestres. Conoce cómo opera una red que se extiende desde la captura de los animales silvestres hasta su entrega, ilegal, a los nuevo ‘dueños’. Se trata de una práctica más frecuente de los deseado en Santa Cruz. Una práctica, que está sancionada por la ley.

Desde el centro de custodia de vida silvestre que opera en el Parque Ecológico Yvaga Guazú ha tratado a más de 200 animales rescatados. Cada uno de ellos, conlleva una historia de sufrimiento y mutilación. Cada uno de ellos es un reto para la recuperación del animal, un propósito que no siempre es posible.
Las aves son los animales más apetecidos. Las mioxitas, alita amarilla y forbus – tres especies de loros- son los más vistosos. Lo mismo ocurre con los monos ardilla, los monos aulladores, los capuchinos o los monos araña, las especies de mamíferos preferidas para el mascotismo.
Gandarilla, veterinaria de profesión, describe cómo estas redes consiguen los ejemplares neonatos de estas especies. En el caso los loros viven en comunidades amplias y anidan de manera regular en los mismos árboles. Ubican sus nidos y roban las crías recién nacidas.
Con los primates, el actuar es más sanguinario. Siguen a una familia y atacan al macho alfa para desconcertar al resto de monos. Luego agreden a las madres con crías para sustraerlas y, horas después, ponerlas a la venta.
“Tratamos de llevar a estos traficantes ante la justicia”, reconoce. La falta de respaldo de las instituciones limita el alcance de unos procesos que demoran y se dilatan sin sancionar a los responsables.
Daniela Justiniano, responsable de Alas Chiquitanas, acompaña a Gandarillas en su cruzada contra el mascotismo. “Se rompe el equilibrio que sostiene la vida dentro de los bosques”, resalta. Esta práctica “genera un daño irreversible al animal que no puede ser reintegrado a la naturaleza, no entendemos el impacto que esto ocasiona también en el equilibrio de los bosques, quienes nos proveen al mismo tiempo a nosotros mismos bienestar”, asegura.
Custodia o reubicación
En el centro de custodia trata a estos animales recuperados. No siempre hay un final feliz. En algunos casos, como los perezosos y algunos casos con primates, se logra insertarlos en su espacio natural, muchas veces dentro del mismo parque ecológico. En otras, la frustración se impone.
Khandy recuerda el trabajo con un tucán que rescataron en un estado lamentable. “Le sacamos 23 gusanos de la piel que se reprodujeron por el mal cuidado que tenía. Llegó en un estado muy delicado”, comienza el relato.
Se recuperó y demostró “tener todas las ganas de volar. No sabía volar, pero se encontró con otro grupo de tucanes que lo reconocieron y lo acompañaron”, describe el inicio de una historia esperanzadora. “Se fue con ellos a la otra parte de la reserva. Y, en su migración, ya no volvió”, prosigue el testimonio de Gandarilla.
Un par de meses después, ubicó al tucán, reconocible por las cirugías que había sufrido, en una jaula de un domicilio circundante al refugio. Nuevamente rescatado, ahora vive en el refugio, en un espacio amplio, pero alimentado por humanos.
La historia de Saini, un mono ardilla, tiene tintes similares. Fue un regalo navideño para unos niños. Cuando estos retornaron a la escuela, la familia entregó el primate al centro. A pesar de los intentos por introducirlo en alguna familia de monos ardilla, no lograron que estos aceptaran a Saini. “El alfa de la manada lo rechazó y lo golpeó. Ahora no puede ser libre. Es el único mono ardilla que esta enjaulado y no puede volver a su entorno”, lamenta la veterinaria.
Hace un mes, Khandy intervino en el rescate de dos monos aulladores de apenas un par de meses. Son animales que viven prendidos a sus madres. En el centro de acogida se apegan a los humanos, a quienes perciben como sus madres. Pensar en su liberación, es imposible dice.
Mientras los atiende en Yvaga Guazú, sigue un juicio contra los traficantes. Gandarillas sabe que es una lucha desigual. Aún así, igual que los aulladores se aferran a sus nuevas madres, ella se aferra a la esperanza de justicia para sancionar a quienes quitan la libertad a los animales silvestres.
Refugio de flora y fauna nativa
En 1979 Rebeca Rozenman Attie tomó la decisión. Un terreno, entonces alejado de la ciudad, sería un refugio para la vida natural. Al inicio, junto a su marido Francisco Hübsch, pusieron su empeño en recuperar una pampa deforestada para la ganadería. Con ese afán de conservar la flora autóctona, en 2023 nació Yvaga Guazú, término guaraní que significa Paraíso grande.
Casi 50 años después, el parque ecológico de 14 hectáreas asemeja una isla verde rodeada de urbanizaciones y barrios en una ciudad que no para de crecer. Actualmente, alberga más de 6.300 árboles forestales, frutales y palmeras. Cuenta con la colección más grande de orquídeas nativas y silvestres de Bolivia.
El amor por la naturaleza de Rozemann ha expandido su trabajo con la creación de un centro de custodia de animales silvestres. Y se agrega un amplio espacio abierto de bosque que sirve de refugio a cientos de animales silvestres que escapan de la presencia humana y viven en libertad.
El trabajo de educación ambiental mantiene a Yvaga Guazú. Son 15 paseos diferentes para conocer la flora y la fauna. Los guías transmiten los tesoros de un parque en una educativa visita que se puede hacer en familia, en colegio o con amigos. Y al concluir, disfrutar del restaurante en un apacible lugar.
El Deber