Mientras la mayoría de mexicanos festejarán a las madres este 10 de mayo, miles de mujeres alzarán su voz en las calles o seguirán escarbando la tierra en busca de sus hijos desaparecidos.

Atrapadas entre la inercia de las autoridades y la impunidad, sienten que no hay nada que celebrar, peor aún cuando la cantidad de víctimas de este delito no para de crecer: 95.121 hasta noviembre pasado, de acuerdo con las cifras oficiales.
En Jalisco, el estado con más desaparecidos (14.948), María Guadalupe Camarena, Araceli Hernández y Rosaura Magaña relatan la lucha que dan para encontrar a sus hijos y no consumirse en la angustia.
Cinco sillas vacías
Guadalupe Camarena, de 61 años, responde sin dudar cuáles son sus planes para el día de las madres: “Buscar a mis hijos”.
Con voz pausada para contener el llanto, menciona a Lucero, José de Jesús, Tonatiuh, Ernesto y Oswaldo Javier, cinco de sus nueve hijos que están desaparecidos.“Son cinco sillas vacías, aquí no hay nada que festejar”, añade esta empleada doméstica en San Pedro de Tlaquepaque.
Lucero desapareció en 2016 tras acudir a una entrevista de trabajo, y sus cuatro hermanos en 2019. Viajaban por carretera a la casa de un familiar que cuidaría a José de Jesús de una cirugía de cáncer.
Fueron detenidos por policías del municipio de Ocotlán, y aunque dos agentes están acusados de desaparición forzada, no han declarado ni se ha lanzado una operación de búsqueda.
La ONU considera ese caso de “urgencia”. Recientemente, su Comité contra las Desapariciones Forzadas calificó de “tragedia humana” alimentada por una “absoluta impunidad” el fenómeno en México, azotado por la violencia del narcotráfico.
Camarena mantiene intacta la casa de su hijo mayor, incluido el ropero que observa dolorida.
Madres “buscadoras”

Foto: AFP
En un altar a la llamada “Santa Muerte”, Araceli Hernández, de 50 años, tiene las fotos de sus hijos veinteañeros: Vanessa y Manuel Alejandro Veneranda.
No sabe de ellos desde 2017. El 27 de agosto de ese año, Vanessa fue obligada a bajar de su camioneta junto con otra joven, quien fue liberada. Dos días después, cuando buscaba a su hermana, desapareció Alejandro.
“Tenían como cuatro meses desaparecidos cuando me di a la tarea de agarrar una mochila, unas botellas de agua, un palo de madera y empecé a caminar por los cerros (…). Me enfoqué más que nada a ser una madre buscadora”, dice Araceli, refiriéndose a mujeres que han emprendido la tarea de escarbar en fosas clandestinas.
También recorre las calles de Guadalajara colocando carteles con la imagen de los muchachos desaparecidos. Llorando, besa los rostros en papel.
“Es una misión que tengo como madre (…) los amo y los amaré siempre”. Quien tiene hijos desaparecidos “vive, respira por inercia”.
Al despertar, Rosaura Magaña, de 61 años, enciende una veladora y reza ante una foto de Carlos Eduardo. Desapareció hace cinco años cuando hombres armados que dijeron ser de la Fiscalía llegaron al taller donde trabajaba y se lo llevaron con otros tres jóvenes, dos de ellos liberados.
“Nunca pensé en tener este proyecto de vida: pasar de jubilada a ser madre buscadora”, dice la mujer, que denuncia que las autoridades ni siquiera tienen una línea de investigación.
Los jóvenes liberados rechazan dar detalles de lo sucedido y el caso ha pasado por seis fiscalías y ocho policías investigadores, sostiene Magaña.
Sin respuestas
Las historias se suman en los pasillos de las comisarías. Hallar aunque sea algunos restos y darles sepultura puede ser un consuelo para las familias.
El Gobierno mexicano reporta unos 37.000 cadáveres sin identificar en servicios forenses, aunque organizaciones civiles advierten que serían 52.000. Se suman a los 340 mil asesinatos que deja la violencia del crimen organizado desde 2006.
Página Siete
