Aseguran que se cansaron de ser ignorados. Por tanto, iniciaron una nueva forma de protesta que, definitivamente, llama la atención y cuya frecuencia va incrementando: cubrir con pintura y otros líquidos a algunas de las más famosas obras de arte del mundo. Ayer fue el turno de patrimonial teatro Scala de Milán, sumando 12 atentados en lo que va del año.

“Tengo miedo y siento el imperativo moral de hacer algo. Hay un colapso ecológico y climático en marcha, nuestros gobiernos no lo han afrontado en los últimos 30 años y ya no sé qué hacer para llamar la atención sobre lo que será un desastre para toda la sociedad”, aseguró uno de los detenidos del colectivo Ultima Generazione, la división italiana de Extintction Rebellion, que cubrió con harina un coche decorado por Andy Warhol que estaba expuesto en Milán.
Estas declaraciones, o variedades de la misma, fueron repetidas desde que el 29 de mayo un hombre arrojó una tarta a la Mona Lisa en el Louvre. En su momento se consideró algo único, pero pronto comenzó a ganar adeptos, para malestar de las autoridades y, principalmente, los directores de museo.
Es que esta forma de reclamar representa un gran gasto para los repositorios, tanto al limpiar y restaurar las piezas e incrementar la seguridad.
E incluso este punto genera conflictos, ya que para los especialistas va en contra del propósito de los centros culturales de acercar el arte a la gente. “Un museo es un lugar que siempre debería estar abierto al público”, dijo recientemente Hans-Peter Wipplinger, el director del Museo Leopold de Viena, dónde se atacó la pintura Muerte y vida de Gustav Klimt.
El problema para muchos intelectuales es que si bien las acciones pueden considerarse como vandalismo, el mensaje es importante. Pero artistas como Andrés Duprat, director del Museo de Bellas Artes de Buenos Aires, indicó a medios internacionales que la protesta se pierde entre la indignación, ya que se atacan obras muy queridas.
AFP-EFE
