Se agrava la autoinsuficiencia alimentaria boliviana

La expresión repetida y el sentido común señalan que un país que puede alimentarse independientemente es un país sin mayores problemas. La más esencial de sus necesidades está satisfecha y con ella puede proyectar su desarrollo educativo, sanitario, tecnológico, etc. Aquella premisa se ve más factible en Estados que cuentan con suelos aptos, agua y biodiversidad complementaria, o sea, países como el nuestro. Pero en estos días Bolivia se halla muy cerca de las antípodas de la autosuficiencia alimentaria, y las cosas van para peor.   

En prácticamente toda la geografía nacional se anuncian y evidencian marcadas bajas en la producción de alimentos. En Tarija, por ejemplo, basta recorrer las consideradas “capitales del durazno”, como Tomayapo y Paicho. En plena época de aquella fruta los árboles se muestran vacíos. Los melocotones que normalmente llegan abundantemente a diversas regiones del país hoy se notan escasos hasta en la propia capital tarijeña.

“La helada que llegó este año quemó cerca del 80 por ciento de la producción de durazno —señala Saúl Bueno, uno de los dirigentes del sector—. Hemos recorrido las zonas más productivas y hay muy poco para sacar al mercado. Pasa lo propio con la uva, casi no hay ni para las bodegas. Por eso, está con precio alto la uva”. Aquella percepción fue ratificada por el presidente del Concejo Municipal de Uriondo, Alfredo Caihuara. La autoridad informó a la cadena BTV que la pérdida en la producción de la vid en ese municipio llegó a cerca del 80 por ciento. 

Pérdidas en toda Bolivia

Caihuara añadió que las pérdidas también afectaron a la producción de papa. La baja bordea un 50 por ciento de la producción de este tubérculo. Un problema que ha golpeado no sólo al sur boliviano. Los reportes del Centro de Promoción del (CIPCA) y la Confederación Sindical de Trabajadores Campesinos de Bolivia (Csutcb) resultan coincidentes. En el valle cochabambino, el altiplano y las tierras altas en general las pérdidas promedian el 40 y 80 por ciento, respectivamente. Bajas similares se reportaron para diversas hortalizas, cereales y granos, como la quinua, cañahua, cebada, avena y alfalfa.

En el oriente boliviano también la cosecha fue escasa, especialmente, de algunas frutas de temporada. “Acá el mango abunda, desde octubre se ven alfombras de mango, pero este año se hizo extrañar —dice Edil Toledo, productor de la zona de Porongo—. Suele haber tanto mango que en la ciudad de Santa Cruz hay cuatro parques públicos, llamados Los Mangales. Allí la gente va a consumir a su antojo y gratis estas frutas hasta enero. Este año no se llegó ni al 15 por ciento, desapareció y lo que aparecía se compraba en segundos”.

El bajón llegó incluso al polémico sector agroindustrial de los monocultivos. La producción de soya, sorgo, maíz, trigo, girasol y chía disminuyó en 5 por ciento en la gestión 2022. El sector productivo manifestó su preocupación, porque la caída de la producción se evidencia por segundo año consecutivo. El presidente de la Asociación de Productores de Oleaginosas y Trigo (Anapo), Fidel Flores, informó que la producción de mencionados alimentos alcanzó un volumen de 4.523.978 toneladas. En contraste, la producción de 2021 alcanzó las 4.784.317 toneladas.

Paralelamente, se mantuvo la polémica por la baja en la producción de maíz y las demandas para que se proceda a su importación. Según la Anapo, la producción de este cereal bajó de 631.955 a 453.875 toneladas métricas, es decir, más del 28 por ciento. El hecho derivó en una recurrente denuncia del ingreso de variedades transgénicas. En mucha menor medida, pero también en el marco de la disminución generalizada, la gripe aviar afectó igualmente a la producción de pollos. Cerca de 218 mil aves fueron sacrificadas, debido al brote de gripe aviar que fue detectado. Esta cifra equivale al 1,1 por ciento del total.

Las causas y los desastres

¿Cuáles son las causas de esta crisis? “Por un lado, el problema de la sequía con el retraso de las lluvias el año pasado –señala Juan Pablo Chumacero, director de la fundación Tierra—. Lo propio ha sucedido este año que sí llovió un par de veces, pero no volvió a llover. Entonces, la gente o no ha sembrado alimentos o, cuando lo ha hecho, no ha vuelto a llover. En muchos casos las plantas quedaron verdes, pero muy chicas y están a la espera de que llueva por si se recupera algo. A esto se le añaden las heladas y, en algún caso, también granizadas que donde había una cosecha más o menos próspera llegaron las heladas y las mataron totalmente”.

Este desborde climático obedece al fenómeno de la niña, y la niña esta vez pareció jugar con la paciencia hasta de los más previsores. En el municipio de San Pedro de Totora (Oruro), por ejemplo, se registraron temperaturas que variaron de -5,2 grados centígrados a 24 grados en un mismo día. En Khipakhipani (La Paz) hubo precipitaciones de 33 milímetros por hora (tercer nivel de intensidad o “lluvias muy fuertes”) y vientos huracanados de 40 kilómetros por hora.  En Cañaviri (La Paz) la radiación solar extrema superó los 1.700 W/m2, junto a sequías prolongadas, granizadas torrenciales y heladas fuera de época.

Aquellos que fueron directamente afectados coincidieron en la descripción de un lúgubre castigo climático. “Llegó la helada cuando estaba en pleno brote de la planta, cuando el durazno y la uva estaban en pleno crecimiento —recuerda Saúl Bueno—. Una helada de esta magnitud no se veía hace 20 años”. “El 14 de enero amanecimos en un ambiente oscuro, la papa, el haba, el maíz y los forrajes estaban totalmente quemados por la helada —relata, a su vez, Virginia Choque al reportero de CIPCA—. Los que vivimos y tenemos cultivos cerca al lago Titicaca perdimos prácticamente todo (…), una pena, parece que ya no hay futuro en el campo”. 

Las consecuencias

El abandono de tierras por parte de los campesinos de diversas regiones se muestra como una de las primeras graves consecuencias. “Ante la situación de escasez y de crisis productiva, la gente decidió dejar temporalmente el campo, en época de cosecha —explica Juan Pablo Chumacero—. Vi, por ejemplo, en Zudañes (Chuquisaca), los jóvenes de la familia no se habían quedado a sembrar y cosechar. Se habían ido a Chile a trabajar en las cosechas de frutas. Son actividades que normalmente realizan en otras épocas, no en el verano que es temporada de agricultura nacional. Esto demuestra la situación de escasez que se tiene y se tendrá, con un nivel más agravado, en los siguientes meses”.    

El investigador añade que, dada la escasez o desaparición de diversos productos, y su consecuente encarecimiento, las perspectivas de las cosechas de marzo y los siguientes meses vendrá con una producción disminuida, con el incremento de precios correspondiente. Las familias campesinas de todo el país enfrentarán una situación muy seria porque no tendrán la cantidad de alimentos necesaria para el autoconsumo ni recibirán los ingresos que anualmente reciben por la venta de sus excedentes. Por lo tanto, tampoco tendrán recursos para comprar los artículos de primera necesidad que les permiten vivir en el campo.

“Esto además se traslada a una crisis de alimentos a nivel urbano —concluye Chumacero—. Lo vimos ya con el caso de la papa y sus elevadísimos precios, precios récord (alza de 20 a 80 bolivianos por arroba). Y lo volveremos a ver entre mayo y julio con mayor crudeza. Y si algunas personas se consuelan con que habrá alimentos provenientes del contrabando o las importaciones de Chile y Perú, habrá que recordarles que en esos países también hubo problemas por la sequía. No han sido tan graves, pero las sufrieron. A ello se suma la escasez de agua que no alcanzó los niveles adecuados ni para riego ni para consumo humano. Todo suma una situación estructural para la que el país no está preparado”. 

La autoinsuficiencia

La falta de capacidad organizada para responder a estas circunstancias se hace evidente cuando las autoridades salen al paso del bajón alimentario. Las respuestas, en todos los niveles estatales, se muestran paliativas y de estados de emergencia. El mensaje del ministro de Desarrollo Rural, Remmy Gonzales, guarda marcadas semejanzas con los de sus antecesores, a lo largo de décadas, en cada crisis: “Apuntamos a proporcionar agua a la población damnificada en 153 municipios del país —aseguró la autoridad a los medios—. Son 84 municipios que estarían con problemas en su producción; se atenderá la afectación apoyando con semillas, fertilizantes”.

Una visión estructural del sector se nota ausente crónicamente ya sea para su desarrollo como para su preservación. No sólo que no se sabe sobre políticas de adaptación y contingencia frente a problemas climáticos, sino que se advierte una baja evidente en la producción. Desde los años 50, luego de la Revolución Nacional, y hasta 1985 primaba el objetivo de una producción que garantice la autosuficiencia alimentaria. Pero, a partir de aquel año, los diversos gobiernos optaron por priorizar o, por lo menos, sostener ciertos cultivos destinados a la exportación.

Así lo recuerda el economista Antonio Sanginéz, investigador de la organización Productividad Biósfera y Medio Ambiente (Probioma). “Una muestra clara de esta situación es cómo fue cambiando la estructura de la producción en Bolivia —explica Sanginéz—. En 1984, el 51 por ciento de la superficie que se cultivaba en Bolivia se destinaba a cereales como el trigo, el maíz o el arroz. Hasta 2020 esa producción se redujo al 37 por ciento de la superficie. El Estado no fortaleció la producción de cereales, entonces, ahora se importa trigo e incluso ahora, por emergencia, maíz”.

Soya a costa del resto

El investigador recuerda que pasó lo propio en varios otros rubros. Con base en datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), se advierte bajas como la de los tubérculos. En 1984, el 17 por ciento de la superficie era destinada a papa, yuca, camote, etc. En 2020, sólo se ocupaba el 6 por ciento. La baja en cuanto a frutales va del 7 al 4 por ciento. Para el caso de las hortalizas el descenso es del 6 al 4 por ciento. Para forrajes y estimulantes, de 8 a 4 por ciento. Sólo los cultivos de exportación, concentrados básicamente en la soya transgénica, subieron. Y subieron nada menos que desde el 12 al 45 por ciento de la superficie agrícola nacional.    

“La soya actualmente involucra a más de un tercio de la superficie que se cultiva en Bolivia, el 36 por ciento —señala Sanginéz—. De esa manera, las mejores tierras y los fondos fueron destinados a esta clase de exportaciones y afectaron a los demás cultivos que son importantes para la seguridad y soberanía alimentarias en el país. El problema de autosuficiencia se va arrastrando crónicamente. Hubo un intento de resolverlo en la época nacionalista, en la neoliberal se cambió y eso nos ha generado estos problemas que tenemos con los alimentos”.

Chumacero, Sanginéz y varios otros analistas también recuerdan que los cultivos de exportación generaron impactos ambientales que afectan toda la producción de alimentos. Recordaron la deforestación creciente y sus efectos en los ciclos de lluvias. Se ha remarcado, además, que los bosques son el eje de la producción de alimentos porque brindan los servicios climáticos, como la preservación del agua. Paradójicamente, los ejecutivos del sector agroindustrial limitarn sus demandas a pedir nuevos eventos transgénicos resistentes a la sequía.      

Todo en un país catalogado entre los más biodiversos y ricos en agua del planeta. Un país donde, sin embargo, sus gobernantes apuestan crónicamente al extractivismo y la monoproducción de rentabilidad inmediata. Una especie de pacto no firmado parece apostar la falta de visión estratégica y una virtual autoinsuficiencia en la más básica de las necesidades.

Los Tiempos

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