Ser joven en Bolivia, entre el empleo precario y el emprendimiento

Eduardo Larsen pertenece a una generación que aprendió muy pronto que estudiar ya no garantiza un empleo y que conseguir trabajo tampoco asegura estabilidad. A sus 28 años, habla como empresario, pero también como alguien que comparte las incertidumbres de miles de jóvenes bolivianos que intentan abrirse camino en una economía donde las oportunidades escasean. Por eso, cuando habla de emprendimiento, evita el discurso épico. Prefiere hablar de comunidad, mentoría y redes de apoyo. 

La juventud tiene iniciativa y quiere participar en el desarrollo productivo del país. El desafío es que esa participación sea efectiva”, afirma. La frase resume una inquietud que trasciende su experiencia personal. En Bolivia, apenas uno de cada diez jóvenes logra acceder a un empleo formal, mientras la mayoría construye su futuro entre ocupaciones temporales, trabajo informal o iniciativas por cuenta propia, según datos recientes sobre empleo juvenil. Emprender, en ese contexto, deja de ser únicamente una opción de crecimiento para convertirse, muchas veces, en una necesidad.

Larsen cree que esa capacidad de iniciativa ya existe. Lo que falta es un entorno que permita transformarla en empresas sostenibles. “No podemos seguir dejando que cada joven emprendedor empiece solo. Necesitamos conectar experiencias, compartir conocimientos y aprender de quienes ya recorrieron ese camino”, sostiene.

Su diagnóstico coincide con otra realidad que muestran los estudios sobre el mercado laboral. El Centro de Estudios Populi advierte que la inserción de los jóvenes continúa siendo más difícil que la del resto de la población y que casi tres de cada cuatro asalariados menores de 30 años perciben ingresos inferiores a Bs 2.500 mensuales. A ello se suma un mercado laboral marcado por la informalidad y por la exigencia de experiencia previa para acceder a los mejores puestos, una paradoja que limita las oportunidades precisamente para quienes recién comienzan.

Frente a ese panorama, muchos deciden crear su propio empleo. Y ahí aparece otro dato que a Larsen le gusta citar porque refleja el potencial —y también la fragilidad— del emprendimiento juvenil boliviano. Cada año nacen alrededor de 4.000 empresas creadas por jóvenes de entre 18 y 28 años. La cifra demuestra que las ideas existen. El problema aparece después.

Entre el 80% y el 90% de esas empresas desaparece antes de cumplir dos años. No porque falten ganas, sino porque faltan herramientas, acompañamiento y conexiones”, explica. Para él, esa estadística refleja una debilidad del ecosistema empresarial antes que una falta de talento. “La innovación necesita mentorías. Necesita que quienes ya cometieron errores puedan ayudar a quienes recién empiezan. Si seguimos emprendiendo en solitario, seguiremos repitiendo los mismos tropiezos.

“La Cámara nació para conectar a los jóvenes entre ellos”, resume Larsen. Más que una organización gremial, imagina una red donde un emprendedor encuentre un mentor, un aliado o la experiencia de quien ya recorrió el mismo camino. “Queremos que un joven con una buena idea tenga acceso a capacitación, empresarios con experiencia y espacios para relacionarse. El talento existe; lo que falta es un ecosistema que lo acompañe.”

Su apuesta trasciende la representación institucional. Cree que Bolivia necesita empresas que sobrevivan, no solo emprendimientos que nazcan con entusiasmo y desaparezcan pocos meses después. Por eso plantea tender puentes entre jóvenes, universidades, empresas y cámaras empresariales para que el conocimiento circule con la misma rapidez que las ideas.

Mientras muchos de su generación ven en la migración una salida frente a la precariedad laboral, Larsen decidió apostar por quedarse. No promete soluciones inmediatas ni recetas infalibles. Propone algo más simple: que los jóvenes dejen de competir en soledad y empiecen a construir juntos. En un país donde apenas uno de cada diez jóvenes accede a un empleo formal y donde miles de emprendimientos desaparecen antes de consolidarse, cree que compartir experiencia puede convertirse en una ventaja competitiva. “El talento ya está aquí; nuestro desafío es demostrar que también puede crecer aquí”. Más que una consigna, la frase resume la apuesta de una generación que se resiste a aceptar que el futuro 

El Deber